CUATRO FALACIAS Y UN FUNERAL

En defensa del homeschooling.

por Esteban Rojo

Recientemente el gobierno nacional presentó un proyecto titulado “Ley de libertad educativa”. No muy sorprendentemente la mayoría de las críticas se ha centrado sobre la posible habilitación de una educación hogareña, bastante independiente de la escuela. En ese sentido, La Nación ha publicado un artículo firmado por Daniel Santa Cruz y un editorial, a los que queremos responder con esta apología. Más descriptiva y razonable es una nota publicada el 8 de enero en Infobae.

Algunas aclaraciones.

            Estas aclaraciones me parecen necesarias para evitar prejuicios y críticas posteriores. Considero que la escuela es una institución casi natural y sumamente eficaz para lograr sus propósitos. Estoy sumamente agradecido con la escuela pública y gratuita que supo darle a mi familia posibilidades de progreso. Considero que el homeschooling puede ser una buena rueda de auxilio para las familias cuando no pueden acceder a una escuela que cumpla con su finalidad. Soy un convencido republicano.

Cuatro falacias

            La primera falacia consiste en insinuar que los padres que desean hacer homeschooling se consideran propietarios de los hijos. Los hijos son un fruto del amor de los padres que tienen el deber de criarlos. Entre las obligaciones de la crianza se encuentra la de darles la mejor educación que les sea posible, tanto en el aspecto moral como en el intelectual, ayudándolos a prepararse para llevar una vida buena. En esta tarea, las familias muchas veces consideran bueno o necesario recurrir a instituciones que cooperen con ellas, enviando a sus hijos a escuelas. Históricamente, las escuelas tuvieron orígenes diversos: unas surgían por iniciativas particulares, otras por iniciativa de los gobiernos, y muchas por obra de instituciones religiosas como las escuelas de las sinagogas judías o de los monasterios y órdenes de la Iglesia Católica.

Ni la escuela ni la educación en el hogar son invenciones modernas. La educación hogareña existió siempre, desde que el hombre es hombre, transmitiendo los padres a los hijos su sabiduría y los medios para ganarse la vida. El vínculo educativo entre padres e hijos siempre se dio de manera natural, lo mismo que el recurso a instituciones auxiliares. Siempre hubo personas que vieron la importancia de la educación para la vida pública, como lo demuestran los escritos de Platón y las leyes de Carlomagno. Por su parte, la escuela existe por lo menos desde la aparición de la escritura y la matemática. Esas habilidades eran deseables y resultó eficiente reunir a varios niños en torno a un maestro para aprenderlas. A partir de ellas, se fue desarrollando en nuestra civilización un ideal educativo que unía una serie de artes llamadas liberales a un corpus de lecturas considerado buen alimento para la inteligencia humana, distinguiéndose niveles educativos según el grado de adquisición. En la modernidad se dieron dos cambios importantísimos:  la masificación, por el deseo positivo de alfabetizar a todos los hombres, y la apropiación de la educación por los estados nacionales. Si uno mira el decurso histórico, más bien se percibe que es el estado moderno el que quiere apropiarse de los hijos, a los que desde fines del siglo XIX obligó a asistir a las escuelas por él regimentadas.

La segunda falacia es sugerir que los padres que desean hacer homeschooling pretenden transmitir a sus hijos ideologías perversas, antisemitas o en favor de la dictadura militar.  Es posible que entre las familias que hacen homeschooling haya personas que tengan esas ideas, pero sospecho que en la misma proporción que las que mandan a sus hijos a las escuelas públicas. Daniel Santa Cruz se pregunta: ¿quién decide que la ideología de la familia es buena, la familia? Esta duda es tan válida como la siguiente: ¿quién decide que la ideología que el estado transmite a través de las escuelas públicas es buena, los funcionarios que nadie eligió?

Creo que es bastante razonable pensar que, aunque puedan equivocarse, los padres, en su gran mayoría, realmente aman a sus hijos y quieren darles lo mejor, creo que están dispuestos a sacrificar tiempo y dinero para pagarles la mejor escuela a su alcance o para darles una gran educación hogareña. Podemos asumir con cierta generosidad que los funcionarios públicos, que también son hombres y pueden equivocarse -y los resultados parecen demostrar que se vienen equivocando bastante desde hace rato-  esos funcionarios que deciden las políticas educativas, el currículum, el currículum de los futuros educadores, los temas y las ideas que se transmitirán a los alumnos, también quieren su bien, por lo menos en general. Pero estoy bastante más dispuesto a confiar en el amor de los padres que en el de los funcionarios. Creer que el estado tiene que definir cuál es la ideología que deben tener los niños es, en mi humilde opinión, una actitud bastante totalitaria, frecuente en la alemania nazi y en la rusia estalinista.

La tercera falacia consiste en afirmar que los niños que no asisten a las escuelas públicas no serían capaces de integrarse en la sociedad. Uno podría preguntarse cómo se integraban los niños en las sociedades antes del siglo XIX. Uno podría preguntarse si la escuela es el único lugar en el que los niños pueden aprender y hacer la experiencia de integración. ¿No existen familias extendidas, reuniones de familias amigas, clubes barriales, parroquias, centros de educación no formal, colonias de vacaciones, plazas, clases de arte,  y mil lugares y oportunidades más para entablar relaciones sociales sanas? Por otra parte, ¿no es en las escuelas públicas donde se producen graves problemas de acoso escolar, agresiones, riñas, ciberbullying, discriminación, abusos, tiroteos y hasta asesinatos? Porque si uno hace caso de lo que publican los periódicos, la escuela pública no sólo está fallando en la formación intelectual de nuestros hijos, también está fallando en su educación moral, en el desarrollo de las virtudes que son el cemento de la armonía social.

La cuarta falacia consiste en afirmar que el homeschooling sería un privilegio para ricos. Interesantemente, si miramos los números reales de Estados Unidos, el país con mayor cantidad de niños en educación hogareña (3,7 millones de estudiantes), el 66% de los que hacen homeschooling pertenecen a familias con ingresos medios y bajos, un 20% del total corresponde a ingresos bajos y un 10% a familias consideradas pobres. Es que el costo anual promedio de hacer homeschooling en Estados Unidos varía entre 700 y 1800 dólares. Setecientos dólares anuales es un costo bajo incluso para muchas familias argentinas que con gran esfuerzo mandan a sus hijos a escuelas públicas de gestión privada. Llamativamente, se afirma al mismo tiempo que la habilitación del homeschooling podría generar un aumento del ausentismo o desgrane entre los más pobres, que ya era enorme antes de la pandemia. ¿Será que a los padres pobres les interesa menos la educación de sus hijos que a los padres ricos? ¿No será, más bien, que la escuela pública actual no cumple con su misión secundaria de promoción social por medio del desarrollo intelectual y moral de sus alumnos? Porque si yo fuera pobre, y viera claramente que la escuela permitirá a mis hijos progresar y tener una vida mejor, como lo vieron nuestros bisabuelos, no permitiría que faltasen un solo día. Los pobres no son tontos.

El funeral.

En medio de tanto hombre de paja, lo que se terminan enterrando es la verdad.

Teniendo en cuenta que existen escuelas gratuitas, que incluyen la comodidad para los padres de retener a los niños fuera de casa unas cinco horas, que pagando se puede enviar a los niños fuera de casa hasta ocho horas, que esto permite a muchas familias contar con un doble ingreso, que la escuela otorga el título necesario para ir a la universidad, que el sistema legal argentino actual no permite el homeschooling, uno podría preguntarse honestamente por qué algunas familias se toman el trabajo de hacer educación hogareña, perdiendo comodidades y ventajas económicas, sumándose trabajo que habitualmente hacen los maestros (planificación, enseñanza, corrección), y un montón de complicaciones más. ¿Por qué se arriesgan a salir del “mainstream” a pesar del temor a la persecución del estado y a la condena social que esta decisión muchas veces recibe?

La verdad es que la escuela ha perdido el sentido de su finalidad y, como es lógico, no la cumple más que a medias. Y esto lo demuestran los resultados en las evaluaciones externas que se llevan a cabo periódicamente. Aquí no hay falacias sino datos puros y duros. La verdad es que en muchas escuelas se ha perdido el norte moral y esto lo ha promovido el mismo Estado. La verdad es que en este momento la educación hogareña es mucho más eficaz en ambos aspectos: en Estados Unidos la principal razón por la que muchas familias eligen el homeschooling es porque les preocupa el ambiente escolar y la segunda razón es la baja calidad académica de las escuelas públicas.  Los estudiantes que hacen homeschooling, en promedio, superan académicamente a los que van a la escuela pública, obtienen entre 15 y 30 puntos percentiles más en los exámenes estandarizados y mejores resultados en la universidad.

La verdad es que esa lamentable situación ya lleva muchos años, y que los funcionarios públicos no han demostrado tener la creatividad, la inteligencia o el coraje para encontrarle una solución. La verdad es que seguir haciendo lo mismo es probable que dé los mismos resultados. La verdad es que basta leer el libro de Pasi Sahlberg, “El cambio educativo en Finlandia”, para entender que proponer ese modelo en Argentina es una oquedad.

La verdad es que los padres que han optado por la educación hogareña no son perfectos, pero tienen creatividad, inteligencia y coraje para probar algo diferente por amor a sus hijos. La Constitución Nacional reconoce el derecho de enseñar y aprender: es hora de que las leyes reconozcan esta forma de ejercer ese derecho. Cuando las escuelas vuelvan a ser lo que supieron ser, esas familias regresarán.