LA NUEVA DERECHA FRENTE AL GLOBALISMO

Introducción: el contexto histórico entre 1989 y 2019

          En 1989, cuando pocos esperaban tal desenlace, se produjo la “caída” del comunismo en Europa Oriental y poco después el desmoronamiento de la URSS. La mayoría de los analistas políticos y medios de comunicación de aquel entonces lo celebraron como un “triunfo” de la democracia y la economía de mercado sobre el totalitarismo marxista. No les faltaba algo de razón: la estructura político-burocrática de la URSS y sus estados satélites era cada vez más insostenible, la fuerte política anticomunista de Ronald Reagan terminó con la “coexistencia pacífica” y el liderazgo espiritual de Juan Pablo II ayudó a fortalecer la resistencia de Polonia y otros pueblos al imperialismo soviético. Yo tenía por entonces 20 años, militaba desde los 15 en política, era profundamente anticomunista pero recuerdo que “algo” de lo que pasaba no terminaba de cerrarme. Estaba leyendo ese año El Señor del Mundo y no podía dejar de relacionar la “popularidad” creciente de Gorbachov con la del siniestro Felsenburgh de la novela de Benson. Una noche me entretuve viendo un reportaje de Bernardo Neustadt a Brzezinski, uno de los fundadores de la Trilateral Comission. Y no pude dejar de pensar que en todo aquello había “gato encerrado”. Pasaron unos años y en 1992 ya estaba bastante clara la naturaleza del llamado Nuevo Orden Mundial. El Instituto de Promoción Social Argentina (IPSA), fundado por Carlos A. Sacheri a fines de los años 60, organizó por entonces un excelente Congreso al respecto, cuyas actas fueron publicadas en la revista Verbo. Ya se había producido la primera Guerra del Golfo, la ruptura entre neoconservadores y paleoconservadores en los EE.UU y la Cumbre de la Tierra en Río de Janeiro (1992). Pero hubo que esperar a la Cumbre de Población de la ONU en El Cairo (1994) y a la Conferencia sobre la Mujer en Beijing (1995) para poder corroborar que habíamos entrado, definitivamente, en una etapa aún más peligrosa que la anterior (aunque de algún modo relacionada), es decir, la que se originó a partir de 1945. Entre 1989 y 2008 el proyecto globalista estuvo mayoritariamente en manos de los neoconservadores y por lo mismo bajo hegemonía norteamericana. Eran los tiempos de gloria de Samuel Huntington, Francis Fukuyama, William Kristol y del PNAC, esto es, de la “norteamericanización” del mundo, en el sentido negativo que ya habían anticipado referentes conservadores o tradicionalistas como Russell Kirk o Thomas Molnar. Pero fue también la etapa en que excomunistas y socialdemócratas hicieron las paces, formando unos la “oposición por izquierda al globalismo” con el Foro de San Pablo (1990) y otros la versión progresista del Nuevo Orden Mundial, con Gorvachov, la Internacional Socialista y la ONU a la cabeza. En 2008 se produjo la crisis financiera internacional y eso dio pie a que la izquierda (la globalista y la antiglobalista) se “reinventara” bajo banderas que venía alzando desde varios años antes como el desarrollo sustentable, el multiculturalismo, la “perspectiva” de género, el nuevo orden económico global, los delitos de lesa humanidad, la izquierda cultural y demás. En ese contexto surgió una heterogénea y confusa reacción “antiglobalista” de derecha, que fue creciendo y poniendo reparos tanto a la agenda neoconservadora como a la progresista. Fue durante esos años (2003-2019) que la Argentina sufrió lo peor de la escalada “kirchnerista”, con una oposición (luego capitalizada por “Cambiemos”) que nunca entendió o le importó lo que realmente estaba  en juego (las raíces cristianas de Occidente, los derechos naturales de la persona humana, la guerra cultural y las soberanías nacionales), a diferencia de lo que – al menos con un poco más de claridad – comenzaron a señalar líderes de otros países como Orban, Abascal, Bolsonaro o Trump. Sí lo comprendieron, con sus más y con sus menos, Juan Pablo II y Benedicto XVI, pero para entonces, la crisis que la Iglesia Católica venía sufriendo desde la década del 60, hizo “metástasis” con el escándalo de los abusos sexuales del clero, la corrupción económico-financiera de cierta Jerarquía y sobre todo el retorno del progresismo más radicalizado (la “maffia” de San Gallo, la cuasi-cismática Iglesia “Católica” alemana y la teología de la liberación) a las máximas instancias del poder eclesiástico.

La reingeniería social anticristiana y la crisis del coronavirus (2019)

          Hasta fines del 2019 y principios del presente año todo parecía indicar que deberíamos estar atentos a cómo resistiría la “ola conservadora antiglobalista” (aun con la certeza de que no era del todo ortodoxa desde una concepción clásico- cristiana de la política y que tenía poco margen de maniobra frente a los organismos internacionales, la oligarquía financiera mundial y las entidades “filantrópicas” ligadas a la “defensa” de los derechos humanos, el medio ambiente, las “minorías” oprimidas y demás tópicos caros a las izquierdas en sus distintos matices). Con todo, el desafío de Trump a los “globalistas” fue “in crescendo” de un modo que llegó a asombrar incluso a quienes solemos ser más escépticos respecto a las posibilidades de que Occidente retorne a sus valores fundacionales. Pero lo cierto es que la oposición del progresismo a Trump se volvió tan fuerte (como, me parece, nunca había sucedido en USA), que tal vez no deje de ser una buena señal, viendo las cosas de “tejas abajo” y teniendo sólo en cuenta los factores humanos (no viene al caso conjeturar ahora explicaciones esjatológicas, que sin embargo son las de mayor importancia, si se analizan las cosas sub specie aeternitatis). Sin embargo, justo cuando la oposición entre “patriotas” y “globalistas” estaba llegando al clímax, se produce la crisis del COVID 19 y el problema (accidental o inducido) que permitió a los promotores del Nuevo Orden Mundial recuperar mucho terreno y realizar el mayor experimento de la historia humana en lo que hace al control planetario de la población. Es como si de golpe, las cosas se hubieran acelerado otra vez, como en 1989. Otro paso adelante, con una propaganda muy bien dirigida en orden a instalar, con la excusa del COVID 19, la necesidad de una “nueva normalidad” (léase, una grave limitación de los derechos individuales y de las soberanías nacionales) y un “reseteo económico mundial” (hacia un Estado Servil que garantice la seguridad social y la satisfacción de las necesidades fundamentales a cambio de sacrificar el orden natural y cristiano, las legítimas libertades y anular o minimizar a la llamada “sociedad civil”). Es muy prematuro sacar conclusiones acerca de todo esto. Pero tengo la misma sensación que en 1989: “algo” raro se está “cocinando”. Algo que será mayoritariamente “atractivo” para una sociedad masificada (basta leer los Objetivos del Milenio 2030 de la ONU) pero que esconderá un verdadero totalitarismo, que oscilará entre una versión “light” y otra “hard” según las circunstancias. Sí, es verdad que todavía hay cierta oposición, aunque en algunos casos nada agradable. Está claro que esta “nueva normalidad” (promovida por la ONU, China, ciertos sectores del Estado Vaticano, los “liberals” norteamericanos y la socialdemocracia) no agrada a los católicos tradicionalistas o conservadores, a los evangélicos fundamentalistas, a ciertos judíos ortodoxos, al Islam más tradicional,  a los “nacional-bolcheviques” (de Hispanoamérica, Rusia o China), al “neofascismo” europeo o americano, a los paleo-conservadores de EE.UU, a los paleo-libertarios ni a los liberales clásicos culturalmente conservadores. Pero es una oposición que en muchos casos nada tiene en común, siendo algunas de esas expresiones no menos nocivas que el mismo globalismo ideológico-financiero. Pues bien, este es el contexto nacional e internacional en el que nos encontramos y dentro del cual, no obstante lo denunciado, algunos creemos que vale la pena seguir aunando esfuerzos, al menos para evitar o retrasar ciertos males y alcanzar algunos bienes.

La posibilidad de una Nueva Derecha Argentina

          A esa “patriada”, a dicha alianza en torno a valores e instituciones compartidos, es a lo que denominamos Nueva Derecha Argentina. Como decíamos al principio, la irrupción del kirchnerismo en la política argentina (2003-2015) así como su vuelta al poder en diciembre del 2019; la falsa oposición del macrismo, sobre todo con su agresión a nuestros valores tradicionales (2015-2019); y el empuje del globalismo a nivel planetario, ha generado diversas reacciones en personas, ambientes e instituciones de la Patria. Aquellos a quienes importan bienes como la religión, la nación, la familia, las libertades concretas, el trabajo, la propiedad privada, la justicia social, la defensa, la seguridad, la tradición republicana, el federalismo, la independencia del Poder Judicial o los mecanismos de control del poder político (entre otras cuestiones no menos importantes), están despertando y presentando batalla con un mejor uso que en el pasado de las armas específicas para este combate peculiar, que – en lo estrictamente humano – es un combate político (con una raíz teológica, eso lo tenemos claro). Dichas armas políticas son la guerra cultural y la política electoral. La primera fue atendida desde la década del 30 mediante una seria “contrarrevolución” (teológica, filosófica, literaria, artística, científica, económica, etc.), aunque no siempre con los mejores modos de comunicar, al menos dentro de la Argentina (“hay que cambiar el envase” me dijo a mitad de los 90, no sin razón, Juan Luis Gallardo). No podemos afirmar lo mismo, en cambio, respecto de lo segundo (las lides electorales) y ese fue tal vez uno de los mayores errores de la derecha argentina, a diferencia de lo sucedido en otras naciones. En eso coincido, de modo parcial [1], con lo escrito hace poco por Miguel Ángel Iribarne: No, no ‘es el peronismo, estúpido!’ la causa última de la decadencia argentina (…) Ni lo son las reiteradas dictaduras per se. Antes bien, el peronismo y las dictaduras son efectos secundarios de aquello que juzgamos la auténtica raíz de la declinación: la deserción de la derecha del proceso republicano, producida a partir de 1930. El golpe militar del 6 de setiembre es, lógicamente, satanizado por los radicales, sus víctimas inmediatas. Los nacionalistas lo registran como la primera ‘traición’ a sus pujos conspirativos inevitablemente secuestrados por los ‘liberales’. En cuanto a estos últimos, tratan de pasar en puntas de pie sobre el episodio, trasladando la estigmatización –como Bioy- al 4 de junio del ’43. Estamos persuadidos de que el golpe en sí, y la práctica política de los trece años subsiguientes, más allá de ocasionales aciertos gestionarios, fueron profundamente negativos, no tanto por haber desplazado a un gobierno ya desacreditado ante la opinión, sino por haber marcado la renuncia de las fuerzas de la derecha argentina a competir. Por haber manifestado esa renuncia en la preferencia –expresa o tácita- por el putsch primero y luego por el fraude. Este es el verdadero pecado político que volverá rengo al sistema por décadas y, a nuestro juicio, generará la irracionalidad económica y el extravío internacional en la conducción futura del país” [2]. Dadas las actuales circunstancias respecto al régimen político y con esa experiencia negativa, parece prudente reconocer queambas cuestiones (la electoral y la cultural) están estrechamente relacionadas. Es por eso que, en los dos ámbitos (sea por ideas compartidas o por la necesidad de enfrentar a un enemigo común, como sucediera otrora con el comunismo soviético), se fue dando una confluencia de personas e instituciones cuyo origen político era distinto y en no pocos temas, distante: tradicionalistas, liberales clásicos, paleo-libertarios, conservadores, nacionalistas, etc., es decir, aquellos a los cuales los medios de comunicación y los analistas políticos suelen considerar, con mejor o peor fundamento, como “la derecha”, y que pocos políticos se atreven a reivindicar.

La Nueva Derecha: implicancias y límites de un término polisémico

           Para comprender la noción de Nueva Derecha en la Argentina y en el mundo hay que considerar algunas cuestiones que se fueron dando en la segunda mitad del siglo XX y que están detrás de las reacciones antiglobalistas que alcanzaron el poder político en los últimos años. Cuestiones que tienen que ver con una sana renovación en el mundo intelectual, cuya importancia supo resaltar Richard Weaver al decir que “las ideas tienen consecuencias”. A partir de 1945 en los EE.UU y de los años 50 en otras naciones (Inglaterra, Francia, España, Alemania) se profundizó mejor en las diferencias del liberalismo clásico de corte anglo- norteamericano (Hamilton, Madison y Jay) respecto del liberalismo constructivista galicano (Rousseau y los enciclopedistas); el conservadorismo recuperó su filiación burkeana en pensadores anglosajones como Russell Kirk y Roger Scruton o la tradición menéndez-pelayista en España con intelectuales al estilo de Florentino Pérez- Embid, Ángel López-Amo, Gonzalo Fernández de la Mora y en los últimos años (en un “registro” parcialmente distinto) con José María Permuy Rey, Eduardo García Serrano, José Javier Esparza y Fernando Paz;  cierto nacionalismo argentino se distanció de las inclinaciones estatistas gracias a un mejor conocimiento del magisterio de Roberto Gorostiaga, Carlos A. Sacheri o Roberto Pincemin, adquirió más lucidez intelectual  con las enseñanzas del Padre Castellani y mejoró su fundamentación política con juristas y filósofos de la talla de Héctor H. Hernández, Camilo Tale, Sergio R. Castaño, Ricardo Bach de Chazal o Ricardo Fraga;  algunos peronistas ortodoxos reflexionaron más en le importancia del republicanismo clásico-cristiano como en los errores del progresismo, lo cual se advierte en historiadores como Héctor B. Petrocelli, Pablo Yurman e incluso en el “peronismo liberal” de Claudio Chaves; cierto conservadorismo argentino recuperó su vertiente más nacional y católica en referentes como Ricardo A. Paz, Carlos M. Acuña, Juan Rafael Llerena Amadeo o Eduardo Ventura; y el tradicionalismo ofreció su gran solidez doctrinal (sobre todo la del carlismo) a partir de intelectuales como Juan Vallet de Goytisolo, Francisco Elías de Tejada, Rafael Gambra, Guido Soaje Ramos, Félix A. Lamas y Miguel Ayuso Torres. Por otra parte, el ejemplo del conservadorismo estadounidense y de otras experiencias análogas, fue permitiendo que de a poco decantara una alianza táctica entre algunos referentes de las mencionadas corrientes políticas. No una nueva doctrina, que eso sería distinto y ajeno a los propósitos de sus protagonistas (y de este portal, vale la pena aclararlo) sino una confluencia en torno al combate de ciertos errores y a la defensa de algunos valores importantes, como veremos a continuación.

La Nueva Derecha Argentina: males a combatir y bienes a defender

          De los primeros vale la pena citar el laicismo cristianofóbico; el impacto de la ideología de género y del feminismo radical; la cultura de la muerte; la dictadura del relativismo; el “setentismo” y la “desmalvinización” como políticas de estado; el garantismo abolicionista; la concepción totalitaria de la democracia; el globalismo; la espiritualidad “New Age” y “modas” más o menos intelectuales como la izquierda cultural, el multiculturalismo, el transhumanismo, el indigenismo, el ecologismo “catastrofista”, ciertas tendencias renovadas de la teología de la liberación, entre otras. Frente a eso, se fue alzando la mentada alianza, que en el fondo no fue ni más ni menos que una sana reacción del sentido común y un grito desesperado ante la destrucción del recto orden político. Y eso explica la defensa de lo segundo: los valores tradicionales; la soberanía política; los derechos y deberes naturales de la persona humana; el régimen republicano y federal; y una economía social de mercado. Hacerse eco de estas corrientes (mal consideradas como “fascistas”, “neoliberales” o “fundamentalistas”) e incluso ponerlas en diálogo es uno de los objetivos de este Proyecto, siempre bajo el marco axiológico (a fin de no caer en un irenismo ecléctico) de la Doctrina Social de la Iglesia (autoridad normativa para los católicos y moralmente cualificada para los que no lo son) y de la Tradición. Esperamos poder alcanzar esos objetivos y de esa manera prestar un buen servicio a Dios, a la Patria y la Familia, resistiendo al Imperialismo Internacional del Dinero y al Nuevo Orden Mundial.


[1] Acerca de mi visión y relativa evolución respecto a la participación o no dentro del sistema democrático moderno, cfr. Romero Moreno, Fernando, El Nacionalismo ¿una opción autoritaria?, Edición del autor, Rosario, 1994; Los que no votamos, ¿qué aportamos al bien común?, en http://redpatrioticargentina.blogspot.com/2014/06/los-que-no-votamos-que-aportamos-al.html; San Pío X, el sufragio universal y los partidos políticos: respuesta al Dr. Antonio Caponnetto (I), en http://debatime.com.ar/san-pio-x-el-sugragio-universal-y-los-partidos-politicos-respuesta-al-dr-antonio-caponnetto-i/; San Pío X, el sufragio universal y los partidos políticos: respuesta al Dr. Antonio Caponnetto (II), en http://debatime.com.ar/san-pio-x-el-sufragio-universal-y-las-elecciones-respuesta-al-dr-antonio-caponnetto-ii/

[2] Iribarne, Miguel Angel, La derecha ausente, en https://www.foropatriotico.com/post/la-derecha-ausente